Mi corazón anda como una motocicleta, esta noche. Ruge y llora, sacando aire caliente fuera del tubo de escape de mis pulmones avejentados. Recorre los caminos de antaño, deteniéndose en los paraderos conocidos, que ahora veo de otra forma, de otro color, otros colores, con otros ojos; reconózco el camino de la esperanza, que ahora asoma detrás de un cerro de dulces frutas rojas. A mi izquierda el camino de la ilusión, aparece del mismo gris de entonces, pero con tonos más fuertes; y los arboles de sus cerros reconocen mi moto y agitan sus frondosas ramas, como para exorcizar al enemigo ruidoso que no trae buenas noticias.
A mi derecha veo desde el cerro de arriba, el valle de la perdición, donde el río sucio de siempre, trae en su lecho mi ropa vieja. Mi moto comienza a perder revoluciones: seguramente es la cadena, la distribución que falla. Podría caerme si no bajo a revisarla, si la tensión es la suficiente como para no quedarme enpantanado en la laguna de los "no fuí"; quedé ahí muchos años de mi juventud y mi primera segunda vida. Ahora, si bien es cierto ando con mi moto, y el arranque es más rápido que caminando, la densidad del pantano es más espesa, y más peligrosamente acogedora, con sus aromas ilusorios y sus colores ficticios. Mi moto me lleva más allá del camino de tierra, él de la nostalgia. Ahí quiero transcurrir más tiempo, aprovechar de abastecerme de combustible, afinar el acelerador, y partir sin volver atrás, ni mirar lo que voy dejando.
Yo y mi moto, recogemos el vino que mis padres han dejado en el sendero del retorno del heroe sin gloria, salimos desde el tunel principal de la vida del ahora o nunca, con la velocidad de crucero que con los años he aprendido a manejar, tomando más confianza con mi moto. Ruge al paso armónico y coherente de mi corazón, acompañandome hasta el final del comienzo del regreso sin fin, donde las luces aparecen fuera de foco, pero la intuición me ayuda a ver más allá del espacio conocido, los colores cambian de acuerdo a lo que mis ojos quieren ver, y mi boca sabora los sabores que quiero gustar, respirando el aire que quiero oler.
Mi moto, querida y vieja compañera, algún día va a plantarme, dejandome pendiente la pregunta de si realmente le he sacado provecho, como la promesa que le hice en el pasado, y escasas veces he podido cumplir. En fin, es solo una moto y yo soy solo yo. Nada queda y todo vuelve a empezar, con o sin mi y mi moto.
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