Saboreando la vida, he dejado de ver lo malo y lo bueno.
He visto colores, el manto nevado de mi existencia, abierto cancelas.
He armado y desarmado los sueños, creado castillos y mundos encantados;
más de una vez, más de dos veces, tres mil quinientos veces a la vez,
sin esperar, sin alegar, sin el dolor de las expectativas.
Subiendo y bajando, cayendo y volviendo a subir, donde la aurora
se hace naciendo, he dejado una nota a mi mismo.
Si dejo de ver lo bueno y lo malo, decía, quisiera quedarme sin ojos
para ver, piel para sentir, oidos para escuchar;
si dejo de hacerlo, no quiero
subir más a este punto, donde nace la vida cada día, refrescando a la memoria que el calor de la aurora, es el regalo sagrado.
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