lunes, 1 de agosto de 2011

Dignidad

He recorrido senderos infestados de serpientes y culebras seductoras, esquivando el peligro a cada paso; a veces las he esquivado sin saber su nombre o si eran o no venenosas, por el miedo que llevo adentro, impregnado de antiguas vivencias y sentidos desconocidos. Otras he corrido hacia ellas sabiendo que el veneno iba a ser dañino y la mordida dolorosa. He puesto sobre mis espalda una vida de grandes logros, e inmensas derrotas; visitado lugares donde el frío cristalizaba los huesos y la sangre dentro de mi cuerpo cansado, y he disuelto los hielos, con el corazón y a veces con el pecado. Pero nunca en mi vida he vendido mi alma al enemigo, al lado oscuro o a los grandes fantasmas que poblaban mi vida, aunque si a veces he sido infiel a mi mismo y a las personas que no han sido fieles conmigo. He pedido a Dios comprensión y sabiduría, sabiendo que en mis manos estaba la decisión de escucharme, y tener esas cualidades a mi alcance; pero la mente es chueca, si no la sabes adiestrar, y juega malas pasadas cuando entras en el bosque de los miedos, donde las sombras, el olor engañoso y seductor de las hojas mojadas, la viscosidad del musgo que hace resbalar al caminante inseguro, dejan que te quedes sentado y no quieres volver a salir. Y a pesar de haber pedido, nunca entendí que para que Dios te escuche, hay que entregarle la mano y dejarse guiar, aun en una via crucis, un camino doloroso, inseguro, mientras la vida no logre saciar el deseo de quererlo todo, y sí: que pase lo que pase. Pero la mente quiere más, llevarte al otro lado, donde siempre hay luz y nunca oscurece. Con dolor y sufrimiento, con la pérdida de amigos y amor, con el riesgo de caer del precipicio para siempre, aun así he tenido mi dignidad intacta puesta sobre mi hombro, a veces con orgullo, a veces sin él, haciendo malabares de la causa de las acciones, pero tengo mi cuerpo y mi alma intactos, después de todo, y después de un largo camino, quiero salir del bosque de lo conocido, y toparme con mi diablo y mi sombra, para invitarlos al final de mi vida, cuando Dios me entrege lo que siempre he pedido, y que nunca, o a veces, he sentido a mi alcance.

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