martes, 2 de agosto de 2011
Vuelo
Aprendiendo a volar en parapente en solitario, he descubierto que hay un silencio más silencioso del silencio mismo. Es el silencio de la presencia. Cuando estás solo a 200 metros o 500 de altura, tienes que estar presente, atento, vivir el instante, no solo para disfrutar el paisaje y el vacío, sino para sentir que es lo que te pasa, lo que sientes, la tensión de los frenos, las bandas, el inflado del ala, la presión que empuja hacia arriba y que te mantiene flotando y avanzando en el cielo. Si tiras los frenos muy rápido, el ala se dobla y comienza a succionarte hacia abajo, hasta que con un par de tirones, vuelve a inflarse y recuperar la presión; si los sueltas mucho, la velocidad aumenta, y si no eres capaz de silenciar tu mente, agudizar los sentidos, no puede saber donde están las corrientes ascendentes, para que puedas mantenerte allí arriba, y seguir disfrutando. Pero si quieres correr un pequeño riesgo, puedes meterte en la turbulencia, hasta que un rotor te atrape. Si sabes manejarlo, es una experiencia apasionante, plena; si a cambio entras en la turbulencia y no has aprendido todavía a dominarlo, puede que salgas con miedo y se te agudice el espiritu de sobrevivencia, y aprendes algo nuevo, si es que logras contarlo! Es un acto de valor y de presencia, de desconectarte del mundo, pero sobretodo de la mente. La mente está ahí cuando vuelas, pero no molesta, no interrumpe: ahí aprendí que podemos dominarla. Y eso lo aprendí mucho más rápido que en el Yoga, donde meses y meses de meditación no han logrado acallar la verborrea interna, que cuando toma el control sobre las emociones, te hace ver las cosas de una perspectiva distorsionada: la perspectiva de las experiencias aprendidas, de las vivencias vividas de reflejo, los traumas, las inseguridades. En el alto del cielo eres tu, un uno con tu mente y con tu cuerpo, y el silencio de la naturaleza, el viento, el frío, o el calor del sol que inunda tu rostro casi como qu ese todo fuera tuyo, exclusivo, en cada metro en que subes y bajas, avanzas y das vueltas. He descubierto ser niño y hacer las paces con eso. Pero también he descubierto ser valiente, ya que desde el primer vuelo, han pasado algunos meses, y todavía recuerdo la decisión de tirarme del acantilado de Maitencillo, sin siquiera pensarlo dos veces. He podido integrar mucho de mí, y eso es bueno.
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